martes 26 de enero de 2010

CINE >> 2010, Odisea Dos, de Peter Hyams


(Esta reseña ha aparecido originalmente en el Blog de Sevilla Escribe)

Título: 2010: Odisea dos
Título original: 2010
Año: 1984
Duración: 116 min.
Director: Peter Hyams
Guión: Peter Hyams
Música: David Shire
Fotografía: Peter Hyams
Reparto: Roy Scheider, John Lithgow, Helen Mirren, Bob Balaban, Keir Dullea, Douglas Rain ...

Sinopsis: Después de nueve años, los rusos proyectan una expedición rumbo a Jupiter. Quieren saber qué le sucedió a la Discovery y reprogramar a Hal9000. Pero necesitarán la ayuda de los norteamericanos. El doctor Floyd será uno de ellos. Espera encontrar respuestas al enigma de 2001.

"Dios mío, está lleno de estrellas". Esta es la frase más repetida de la película en la voz de Dave Bowman. Y el inicio de la misma, el puente tendido hacia la obra maestra de Stanley Kubrick. Pero empecemos por el principio de todo. Su origen literario.

El origen de la historia, de toda la saga, hay que buscarlo en el cuento del propio Arthur C. Clarke, El centinela. Nadie mejor que el autor para explicarnos cuál es el nexo de unión entre este cuento y la famosa "2001: Odisea del espacio": "la historia en la que 2001 fue basada". También habla de que el cuento es la "bellota y el roble resultante" la posterior novela. El centinela fue escrito en 1948 para una competición de la BBC, en la que finalmente no participó. Fue publicado primero en la revista 10 Historias de Fantasía, en 1951, bajo el título "Centinela de la Eternidad" o simplemente "El Centinela", y luego en el mismo año en EE. UU. en The Avon Science Fiction and Fantasy Reader publicado por Avon Periodicals, Inc.



El director de esta "2010, Odisea Dos" (que es la obra que nos concita aquí) cuenta en su haber con películas tan interesantes como Capricornio uno (1978), La calle del adiós (1979) o la que es su gran obra, Atmósfera cero (1980).
"El presidente de la MGM me preguntó sobre hacer la película"- comenta el propio Peter Hyams. "Aquí está el libro de Arthur C. Clarke. Tiene que estar en cines en 17 meses desde ahora. Estaba petrificado, reacio e intrigado. Cuando leí el libro dije: Es un libro fascinante, pero hay cosas en él con las que no estoy de acuerdo. Si queréis que haga esta película, dos cosas tienen que suceder. Uno, Stanley Kubrick tiene que decir que está de acuerdo con ella. Él es Dios y yo no desagradaré a Dios. Dos, quiero cambiar la historia del libro. El libro estaba escrito sin política. Era 1984 y estaba Ronald Reagan. Quería hacer esta película sobre americanos y rusos que no se llevan bien, mientras que en el libro sí se llevvaban bien. Quería añadir algo de política arriesgada. Y él (presidente de la MGM) dijo estupendo. Preguntaron a Stanley Kubrick y él dijo ok".

Habrá quien a esta secuela le achaque todo tipo de defectos, que seguramnete tiene, pero para verla hay que olvidarse en parte de la genial película de Stanley Kubrick. Habrá quien diga que qeudó desfasada, que las tensiones yankee-soviéticas nos quedan algo lejanas, pero la obra es hija de su tiempo y como tal refleja la principal preocupación del momento en política internacional.

Cinco nominaciones, todas en apartados técnicos, a los Oscars hablan por si mismas de su calidad: mejor dirección artística (Albert Brenner y Rick Simpson), vestuario (Patricia Norris), maquillaje (Michael Westmore), efectos visuales (Richard Edlund, Neil Krepela, George Jenson y Mark Stetson) y sonido (Michael J. Kohut, Aaron Rochin, Carlos DeLarios y Gene S. Cantamessa). A pesar de su buena factura no consiguió ganar ninguno.

Lo Mejor: La fantástica recreación/copia de todos y cada uno de los escenarios que aparecen en la clásica obra de Stanley Kubrick. Y el poder volver a ver a Dave Bowman, Hal9000 y la Discovery. Todo amante de la original debería ver esta secuela, aunque sólo sea para criticarla con fundamento.

Lo Peor: Ese intento de dar una explicación al Monolito y a su relación con la raza humana. Todo tiene un matiz algo religioso que distorsiona el original.

domingo 24 de enero de 2010

TERROR >> La Guerra de la Doble Muerte, de Alejandro Castroguer



¿Qué ha sucedido en Andalucía a finales del año 2009? Algunas fuentes hablan de un ataque terrorista, incluso de un ataque bactereológico; otras de un extraño experimento secreto que a alguien se le ha ido de las manos.
Lo cierto es que los muertos se han levantado de sus tumbas dispuestos a recuperar el lugar que habían dejado al fallecer. En apenas un mes, el caos por las calles de toda Andalucía. La población ha huído en un desesperado éxodo hacia el Norte mientras los zombies se han adueñado de toda la Comunidad.

Con este párrafo empieza la historia que escribiré semanalmente en el Blog de "La Guerra de la Doble Muerte". Parte semanal de bajas":
http://guerradoblemuerte.blogspot.com/

"Alrededor presiento una vorágine de cuerpos, huesos rotos y articulaciones desencajadas. Pero, en este mismo instante, el centro del universo es una boca, la mía.
Todos chillan mientras yo permanezco en silencio, y MUERDO.
He esperado durante demasiados días este momento, el placer casi sexual de la primera sangre rozando las papilas gustativas de la lengua, y luego, anegando toda la garganta, igual que una presa que se desborda. El sabor asciende por la nariz y prende una hoguera en mis ojos.
Muerdo.
El HAMBRE. Todo cabe en esta palabra.
El primer bocado es el mejor, los dientes horadan el músculo aún vivo, centímetro a centímetro, rompiendo todas las amarras, la boca llena de carne antes de cerrar la tenaza de la mandíbula y tirar de la cabeza hacia atrás, mil kilos de potencia en el cuello.
Muerdo."



Dar voz a un buen puñado de zombies es la novedad principal de mi obra, sentir el hambre de cerca, el hambre y la rabia. Durante muchos años Hollywood filmó cientos de películas sobre la Conquista del Oeste desde el punto de vista de los vaqueros, de los cowboys o de la Caballería. Únicamente con la madurez del género alguien se atrevió a cederle el protagonismo a los indios. Una comparación perfecta para hablaros así de sencillo de lo que es la idea que ha generado esta historia.

Semanalmente aparacerán más "Crónicas de Guerra" y algunas "Crónicas de sociedad" o "Historias mínimas". Ahora hay que sabe esperar al viernes que viene para acompañar a estos Zombies por toda Andalucía.
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miércoles 13 de enero de 2010

CINE >> Desde que te fuiste, de John Cromwell



Título original: Desde que te fuiste
Título original: Since You Went Away
Año: 1944
Duración: 172 min
Director: John Cromwell
Guión: David O. Selznick (Novela: Margaret Buell Wilder)
Música: Max Steiner
Fotografía en blanco y negro: Stanley Cortez y Lee Garmes
Reparto: Claudette Colbert, Jennifer Jones, Joseph Cotten, Shirley Temple, Monty Woolley, Lionel Barrymore, Robert Walker y el perro Dick Whittington (como Soda).

Sinopsis (extraída de FilmAffinity): Mientras su marido, Tim, está luchando en la Segunda Guerra Mundial, Anne Hilton intenta superar los problemas en casa. Coge un inquilino, Coronel Smollet, para afrontar los gastos, y tiene que superar la escasez de productos y hacer los raciones durar. Pero todo esto no es nada comparado con la aventura que su hija Jane tiene con el nieto del Coronel...



El nombre que aglutina todo el proyecto es el de David O.Selznick. En 1939 produjo el que sería su mayor éxito, "Lo que el viento se llevó". Sólo un año después, con "Rebeca" hizo historia al ganar su segundo Oscar consecutivo a la mejor película. Fue el momento para darle la alternativa hollywoodiense al gran Alfred Hitchcock. Cinco años después repitió con el mismo director para filmar "Recuerda" (Spellbound). En mitad de estos títulos imprescindibles para la historia del cine se empeñó en producir una película que desgracidamente, quizás por sus connotaciones patrióticas, ha perdido algo de brillo, pero que tiene todo el buen oficio del Hollywood de la época de entre guerras.

Corría el año 1944, plena Segunda Guerra Mundial. En su afán patriótico, Selznick necesitaba encontrar una historia que hablara de la lucha del pueblo americano, más bien de las mujeres americanas, desde las barricadas de sus propios hogares. La fuente de inspiración tropezó con él en forma de novela, "Desde que te fuiste", obra de Margaret Buell Wilder. En ella se recopilan las cartas ficticias que una esposa escribe a su marido que se ha marchado al frente europeo. Aunque fue la propia autora la que escribió una adaptación para el cine, no gustó al prefeccionista productor, quen escribió el guión definitivo.

John Cromwell, autor de las posteriores "Ana y el rey de Siam", con Rex Harrison, y "Callejón sin salida", con Humphrey Bogart, dirige con mano segura a un elenco de actores que remata la aparición testimonial de Lionel Barrymore en el papel de sacerdote. Todos están perfectos, C.Colbert, J.Jones y S.Temple como la madre y las dos hijas, y por supuesto Monty Woolley en el papel del coronel Smollett inflexible que no perdona a su nieto (Robert Walker) el agravio de haber sido expulsado de la academia militar de West Point.



Gustará a aquellos que sabiendo obviar los defectos de este tipo de cine, tan condicionado por la conflagración mundial, gusten de historias sencillas o se recreen en una época que el film sabe reflejar con acierto, por lo menos el ambiente de ese tipo de familias de clase media con un familiar en el frente. Bien es cierto que las situaciones a veces son forzadamente dramáticas, pero ¿es que una guerra como aquella no lo era? La música de Max Steiner se llevó el único Oscar de la película.

Destacar con un subrayado especial la soberbia fotografía en blanco y negro de Stanley Cortez y Lee Garmes, pródiga en planos con personajes en sombras o medio sombras, cabellos iluminados mágicamente por detrás o miradas llorosas capturadas en todo su esplendor. Un verdadero disfrute. Y retrata el hogar de los Hilton haciéndolo acogedor al espectador.

En definitiva, una película a recomendar a aquellos que quieran pasar un buen rato llorando con la historia y añorando aquel tipo de cine que cuida al extremo los detalles que ya no se hace. Desgraciadamente.


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miércoles 6 de enero de 2010

FANTASÍA >> Un verano infinito, de Christopher Priest




Título: Un verano infinito
Título Original: An Infinite Summer
Autor: Christopher Priest
Año: 1976-1979
Páginas: 226 páginas
Editorial: Minotauro
Encuadernación: Tapa blanda

Este volumen se componen de los siguientes relatos y/o novelas cortas:
«Un verano infinito» («An Infinite Summer») del año 1976
«Rameras» («Whores») de 1978
«Vagabundeos pálidos» («Palely Loitering») de 1979, obtuvo el Primer Premio del British Science Fiction 1980 y el Segundo del Hugo 1980
«La negación»
(«The Negation») de 1978
«El observado» («The Watched») de 1978, obtuvo el Segundo Premio del Hugo 1979

En todo el libro se advierte un estilo elegante, natural pero muy bien escrito que lo diferencia de la mayoría de la literatura del género SciFi, más atenta a contar historias que en el detalle de cómo contarlas. En todos y cada uno de los cuentos que componen este volumen he obtenido esta misma impresión. Así que me ha resultado un auténtico placer andar estos días entre sus páginas.

Relato a relato, una breve reseña:
«Un verano infinito» >> Alterna la infancia del protagonist...a en 19...05 con su madurez en 1940, en plena Segunda Guerra Mundial. El nudo del relato está en la figura de los congeladores.

«Rameras» >> El protagonista aprovecha una baja para visitar una isla en la que conoció a cierta mujer, una ramera, que le marcó. La enfermedad que padece no le dejará ver las cosas tal como son.

«Vagabundeos pálidos» >> Quizá juegue en su contra el hecho de que es una típica historia de amor y la posibilidad de cambiarla con una suerte de máquina del tiempo. Pero la novedad es el Canal Magnético y los tres Puentes, de vagas referencias dickensianas: el Puente del ayer, el Puente del Hoy y el Puente del Mañana.

«La negación» >> En una sociedad, no se sabe si futura o pasada, hay una guerra que divide a un país y un Muro que es eternamente vigilado. Uno de los vigías lee un libro "La afirmación" y queda profundamente impresionado.

«El observado» >> Todo es susceptible de ser observado, sobre todo cuando el método es tan microscópico como las escintilas. ¿Hasta dónde se puede llegar para mantener la seguridad de un estado?



Christopher Priest es un autor consolidado que en los últimos ha adquirido gran notoriedad gracias a la adaptación cinematográfica de El prestigio, que en la gran pantalla se llamó El truco final (del año 2006) dirigida por Christopher Nolan y protagonizada por Christian Bale and Hugh Jackman. En diversas ocasiones ha utilizado pseudónimos, John Luther Novak y Colin Wedgelock. Además del libro que nos reúne en esta Octava Noche, es autor de los siguientes títulos:
Fuga para una isla, El glamour, El mundo invertido, El prestigio, El último día de la guerra, Experiencias Extremas, S.A., Indoctrinario, La afirmación, La máquina espacial y Sueño programado.

En la contraportada se lee lo siguiente: Christopher Priest nació en Cheshire en 1943, y es hoy considerado como uno de los más interesantes escritores ingleses (sin distinción de géneros) de esta última década. En 1970 publicó su primer libro, Indoctrinario, al que siguieron Fuga para una isla (1972), Un mundo invertido (1974), La máquina del espacio (1976), A dream of Wessex (1977) y The Affirmation (1980), nominado para el Booker Prize como uno de los mejores libros del año. Un verano infinito reúne las novelas cortas y cuentos -alucinatorios, elegíacos, a veces terroríficos- publicados entre 1976 y 1979. La obra de Priest ha sido comparada con la de H. G. Wells, Thomas Hardy, A. E. Coppard y Walter de la Mare.


En definitiva, mi absoluta recomendación. Seguro que quien no busque sólo acción y aparatosos chlichés de SciFi, disfrutará al cien por cien de estos cinco relatos. Por su incierto aire, destacaría "La negación".


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sábado 2 de enero de 2010

CINE >> La mosca, de Kurt Neumann



Título original: La mosca
Título original: The Fly
Año: 1958
Duración: 94 min.
Director: Kurt Neumann
Guión: James Clavell (basado en el relato homónimo de G.Langelaan)
Música: Paul Sawtell
Fotografía: Karl Struss
Reparto: Al Hedison, Patricia Owens, Vincent Price, Herbert Marshall

Sinopsis: Cuando François Delambre (Vincent Price) recibe la noticia de la muerte de su hermano, el científico André (Al Hedison), los primeros indicios apuntan a que ha sido asesinado bajo una prensa hidráulica por parte de su esposa Hélène (Patricia Owens). Su declaración hace creer a la policía que están tratando con una demente, empeñada en ocultar en un principio la verdad. Hasta que ya no resiste más y decide contar la verdadera historia de su marido.

Este es el típico producto de serie B rodado en esta ocasión en color (por cierto una magnfífica fotografía de Karl Struss) que adapta al cine un gran clásico de la literatura de terror/scifi. En una entrada antigua de este mismo blog reseñé el original literario de George Langelaan, por cierto un libro mucho más recomendable por otros relatos que por este de "La mosca":
http://butaca111.blogspot.com/2009/08/scifi-relatos-del-antimundo-de-george.html



Su fidelidad al original de George Langelaan es envidiable. Aquí no existe ese (para mí) absurdo intento de innovar de David Cronenberg en su remake del año 1986, donde todo es gratuito y las interpretaciones de Jeff Goldblum y Geena Davis son más que discutibles. En esta obra de Kurt Neumann no hay nada de eso, sólo oficio y buen hacer al servicio de una historia ya escrita con anterioridad. Es su falta de ambición la que la emparenta con el cine de serie B.

Tampoco aquí hay interpretaciones sobresalientes, ni siquiera Vincent Price tiene un papel en el que lucirse. Pero es una película que se deja ver con agrado. Recomendable 100% para todos aquellos que disfruten con este tipo de cine. Abtenerse quien idolatre el remake de David Cronenberg.


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jueves 31 de diciembre de 2009

LITERATURA >> Janet cuello torcido, de R.L.Stevenson



Extraído de Wikipeda: Robert Louis Stevenson (Edimburgo, Escocia, 13 de noviembre de 1850 – Upolu, Samoa, 3 de diciembre de 1894).Es autor de algunas de las historias fantásticas y de aventuras más populares, como La isla del tesoro, El extraño caso del doctor Jekyll y míster Hyde o La flecha negra adaptadas para niños y llevadas varias veces al cine en el siglo XX. Fue importante también su obra ensayística, breve pero decisiva en lo que se refiere a la estructura de la moderna novela de peripecias. Fue muy apreciado en su tiempo y siguió siéndolo después de su muerte. Considerado el escritor en inglés mas clásico, tuvo continuidad en autores como Joseph Conrad, Graham Greene, G. K. Chesterton, H. G. Wells, y en los argentinos Bioy Casares y Jorge Luis Borges.

Traigo hasta esta Octava Noche una colaboración (forzosa) de este gran autor. Hablo de su cuento "Janet, cuello torcido" (en otras versiones, "Janet la torcida" o "Janet la contrahecha"). Es ésta una de sus historias cortas más famosas, escrita en Escocia un año después de su regreso de América y publicada en la Cornhill Magazine en octubre de 1881.

La encontraréis en estas dos ediciones:
"Las desventuras de John Nicholson", de R.L.Stevenson / Littera Books S.L
"Historias escocesas", de R.L.Stevenson / Valdemar Avatares

Ahora os dejo el relato completo. Espero que lo disfrutéis.


"Janet cuello torcido" de R.L.Stevenson

El reverendo Murdoch Soulis fue durante mucho tiempo pastor de la parroquia del páramo de Balweary, en el valle de Dule. Anciano severo y de rostro sombrío para sus feligreses, vivió durante los últimos años de su vida, sin familia, ni criado, ni compañía humana alguna, en la modesta y solitaria casa parroquial situada bajo el Hanging Shazv, un pequeño bosque de sauces. A pesar de lo férreo de sus facciones, sus ojos eran salvajes, asustadizos e inciertos. Y cuando en una amonestación privada se explayaba largamente sobre el futuro del impenitente parecía que su visión atravesara las tormentas del tiempo hasta los terrores de la eternidad. Muchos jóvenes que venían a prepararse para la ceremonia de la Primera Comunión quedaban terriblemente afectados por sus palabras. Tenía un sermón sobre los versículos 1 y 8 de Pedro, «El diablo como un león rugiente», para el domingo después de cada diecisiete de agosto, y solía superarse sobre aquel texto, tanto por la naturaleza espantosa del tema como por el terror que infundía su comportamiento en el pulpito. Los niños estaban aterrorizados hasta el punto de sufrir ataques de histeria, y la gente mayor parecía más misteriosa de lo normal y repetía durante todo el día aquellas insinuaciones de las que Hamlet se lamentaba.
La misma casa parroquial, ubicada cerca del río Dule entre árboles gruesos, con el Shazv colgando sobre ella en un lado y, en el otro, numerosos páramos fríos que se elevaban hacia el cielo, había comenzado —ya muy al inicio del ministerio del Sr. Soulis— a ser evitada en las horas del anochecer por todos aquellos que se valoraban a sí mismos por su prudencia; y los hombres respetables que se sentaban en la taberna de la aldea movían la cabeza a la vez ante la sola idea de acercarse de noche a aquel tenebroso vecindario. Había un lugar, para ser más concretos, que se evitaba con especial temor. La casa parroquial estaba situada entre la carretera y el río Dule, con un aguilón dando a cada lado; la parte de atrás de la casa daba a la aldea de Balweary, situada a casi media milla de distancia; delante de la casa, un jardín seco rodeado de un seto de espinos ocupaba el terreno entre el río y la carretera. La casa era de dos plantas con dos habitaciones grandes en cada una. La entrada no daba directamente al jardín, sino a un paseo que llevaba a la carretera por un lado y que por el otro quedaba cerrado por los altos sauces y saúcos que bordeaban el arroyo. Era este trecho de la calzada el que gozaba de tan nefasta reputación entre los parroquianos más jóvenes de Balweary. El reverendo paseaba por allí a menudo al anochecer, a veces gimiendo en voz alta por la fuerza de sus oraciones inarticuladas.
Cuando estaba fuera de casa y la puerta cerrada con llave, los escolares más atrevidos se lanzaban —con el corazón latiéndoles a pleno ritmo— a jugar a «seguir al jefe» y cruzar aquel punto legendario. Este ambiente de terror que rodeaba a un hombre de Dios de carácter y ortodoxia intachables era causa de común asombro y tema de curiosidad entre los pocos forasteros que se adentraban, por casualidad o por negocios, hasta aquel desconocido y alejado paraje. Pero mucha de la gente incluso de la parroquia ignoraba los acontecimientos que habían marcado el primer año de ministerio del Sr. Soulis. Incluso entre los que estaban mejor informados, unos no querían decir nada —por ser de naturaleza reservada— y otros temían hablar sobre aquel asunto en particular. De vez en cuando alguno de los mayores, envalentonado por su tercer trago, recordaba el origen de las extrañas miradas y la vida solitaria del reverendo.

Cincuenta años atrás, cuando el Sr. Soulis llegó por primera vez a Balweary, aún era un hombre joven —un mozo, decía la gente— lleno de sabiduría académica y muy grandilocuente, pero, como era natural en un hombre de su edad, tenía poca experiencia de la vida en lo referente a la religión. Los más jóvenes estaban muy impresionados por su talento y su facilidad de palabra; pero los hombres y las mujeres mayores, preocupados y serios se conmovieron hasta el punto de rezar por el joven, al que consideraban un iluso, y por la parroquia, que seguramente estaría mal atendida. Era antes de los días de los moderados... malditos sean; pero las cosas malas son como las buenas: ambas vienen poco a poco y en pequeñas cantidades.
Incluso entonces había gente que decía que el Señor había abandonado a los profesores de la universidad a sus propios recursos y que los jóvenes que fueron a estudiar con ellos habrían salido ganando sentados en una turbera, como sus antepasados durante la persecución, con una Biblia bajo el brazo y un espíritu de oración en el corazón. No cabía duda ninguna de que el Sr. Soulis había estado en la universidad demasiado tiempo. Era meticuloso y se preocupaba por muchas cosas, salvo por la más importante. Tenía una gran cantidad de libros — más de los que se habían visto jamás en todo aquel presbiterio—, y harto trabajo le costó al porteador, porque estuvieron a punto de ahogarse en el Pantano del Diablo, situado entre su destino y Kilmackerlie. Eran libros de teología, sin duda, o así los llamaban. Pero la gente seria era de la opinión de que no hacía falta tantos, sobretodo cuando toda la Palabra de Dios en su conjunto cabría en la punta de una manta escocesa. Además, el reverendo se pasaba la mitad del día y la mitad de la noche sentado, escribiendo nada menos, lo cual era poco decente. Al principio temían que leyera sus sermones; después resultó ser que estaba escribiendo un libro, lo que con toda seguridad no era conveniente para alguien tan joven y con escasa experiencia.
De todas formas, le convenía conseguir una mujer mayor y decente que cuidara de la casa parroquial y que se encargara de sus espartanas comidas. Le recomendaron a una vieja de mala reputación —Janet M'Clour, la llamaban— y le dejaron obrar por su cuenta hasta que se convenció por sí mismo. Muchos le aconsejaron lo contrario, porque la buena gente de Balweary tenía más que sospechas de Janet. Tiempo atrás había tenido un hijo con un soldado y se había apartado de la sociedad durante casi treinta años. Los niños la habían visto hablando sola en Key's Loan al atardecer, un lugar y una hora extraños para una mujer temerosa del Señor. Sin embargo, fue un terrateniente quien recomendó a Janet desde un principio y, en aquellos días, el reverendo habría hecho cualquier cosa para complacer al terrateniente. Cuando la gente le comentó que Janet estaba poseída por el demonio le pareció un rumor sin fundamento; cuando le citaron la Biblia y la bruja de Endor trató de convencerles enfáticamente de que aquellos días ya no existían y de que el demonio estaba misericordiosamente comedido.

Bien, cuando se supo en la aldea que Janet M'Clour iba a entrar a servir en la
casa del párroco la gente se enfadó mucho con ambos. Algunas de aquellas buenas
señoras no tenían nada mejor que hacer que reunirse a la puerta de su casa y
acusarla de todo lo que sabían de ella, desde el hijo del soldado hasta las dos vacas
de John Tamson. Ella no era una mujer muy elocuente; normalmente la gente le
dejaba hacer su vida y ella hacía lo mismo, sin intercambiar ni buenas tardes ni
buenos días, pero cuando se enfadaba tenía una lengua como para dejar sordo al
molinero; cuando empezaba no había un viejo chisme que, aquel día, no hiciera
saltar a alguien; no podían decir nada sin que ella les respondiera dos veces. Hasta
que, al final, las amas de casa la cogieron, le rasgaron la ropa y la arrastraron desde
la aldea hasta las aguas del río Dule, para comprobar si era bruja o no; total, o
nadaba o se ahogaba. La vieja gritó tanto que se la oyó en el Hangirí Shaw y luchó
como diez. Muchas señoras llevaban cardenales al día siguiente y durante muchos
días después; y justo en el momento más violento del altercado, ¡quién apareció
sino el nuevo reverendo!
—Mujeres —dijo él, que tenía una voz magnífica—, en nombre de Dios os
ordeno que la soltéis.
Janet corrió hacia él —estaba realmente aterrorizada—, se le abrazó y le rogó
en nombre de Dios que la salvara de las chismosas; ellas, por su parte, le dijeron
todo lo que sabían de ella y quizá más de lo que sabían.
—Mujer —le dijo a Janet—, ¿es eso verdad?
—Pongo a Dios por testigo —dijo ella— y como me hizo Dios que no es
verdad ni una palabra. Aparte del hijo —dijo ella—, he sido una mujer decente toda
mi vida.
—¿Renuncias —dijo el señor Soulis—, en nombre de Dios y ante mí, su
indigno pastor, renuncias al diablo y a sus obras?
Bueno, parece ser que cuando preguntó eso ella sonrió de una forma que
aterrorizó a quienes la vieron, y oyeron tamborilear los dientes en su boca. Pero no
había más que una salida, y Janet levantó la mano y renunció al diablo delante de todos.
—Y ahora —dijo el señor Soulis a las señoras—, id a vuestras casas y pedid
perdón a Dios.
Le dio el brazo a Janet, que llevaba encima poco más de una combinación, y la
acompañó por la aldea hasta la puerta de su casa como a una gran señora. Los
gritos y las risas de Janet eran escandalosos.
Aquella noche mucha gente seria alargó sus oraciones más de lo normal; pero
al amanecer se difundió tal miedo sobre todo Balweary que los niños se escondieron
e incluso los hombres permanecieron en casa y, como mucho, se asomaban a la
puerta.
Janet venía bajando por la aldea —ella o alguien que se le parecía, nadie
podría decirlo con certeza— con el cuello torcido y la cabeza colgándole a un lado,
como un cuerpo que ha sido ahorcado, y una sonrisa en el rostro como la de un
cadáver sin enterrar. Poco a poco, se fueron acostumbrando e incluso le
preguntaban burlonamente qué le pasaba; pero desde aquel día en adelante no
pudo hablar como una mujer cristiana, sino que balbuceaba y castañeaba los
dientes como si de unas podaderas se tratara. Desde aquel día el nombre de Dios
jamás volvió a pasar por sus labios. A veces intentaba pronunciarlo, pero no lo
conseguía. Los más listos no lo comentaban, pero jamás volvieron a llamar a esa
«cosa» por el nombre de Janet M'Clour, pues para ellos la vieja ya estaba en el
infierno desde ese día. No obstante, no había nada que detuviera al reverendo, que
no hacía otra cosa que sermonear acerca de la crueldad de la gente, que le había
provocado una apoplejía, y pegaba a los niños que la molestaban. Aquella misma
noche la invitó a su casa y permaneció allí a solas con ella bajo el Hanging Shaw.
Bien, el tiempo pasó. Los más indolentes empezaron a pensar menos en aquel
negro asunto. El reverendo estaba bien considerado; siempre hacía tarde
escribiendo. La gente veía su vela cerca del agua del río Dule después de las doce
de la noche. Parecía tan satisfecho de sí mismo y tan arrogante como al principio,
aunque cualquiera podía ver que estaba consumiéndose. En cuanto a Janet, ella iba
y venía; si antes hablaba poco, lo razonable era que ahora hablara menos. No
molestaba a nadie; tenía un aspecto horripilante y nadie discutía con ella sobre el
trozo de tierra que se regalaba, según la costumbre, al reverendo de Balweary,
además de su paga mensual.
A finales de julio hizo un tiempo tan malo como jamás se había visto por esas
tierras; había una calma calurosa, despiadada. El ganado no podía subir a Black Hill
a pastar; los niños estaban demasiado cansados para jugar. A la vez, estaba
tormentoso, con ráfagas de viento caliente que retumbaban en los valles y escasas
lluvias que apenas mojaban la tierra. Todos pensábamos que caería una tormenta
por la mañana; pero llegaba la mañana y la siguiente y continuaba el mismo tiempo
amenazante, duro para el hombre y las bestias. Por si eso fuera poco, nadie sufría
tanto como el señor Soulis. No podía ni dormir ni comer y se lo comentó a sus
superiores. Cuando no estaba escribiendo su interminable libro, vagabundeaba por
el campo como un hombre obsesionado; otro en su lugar estaría feliz de
permanecer fresco dentro de casa.
Encima del Hanging Shaw, en el refugio de Black Hill, hay una parcela de tierra
vallada con una puerta de hierro. Al parecer, en los viejos tiempos fue el cementerio
de Balweary, consagrado por los papistas
antes de que se hiciera la luz bendita
sobre el reino. Sea como fuere, era uno de los sitios preferidos del señor Soulis. Allí
se sentaba y meditaba sus sermones; realmente era un sitio protegido. Bien; un día,
cuando subía la colina de Black Hill por el lado oeste, vio primero dos, luego cuatro
y finalmente siete cornejas negras volando en círculos sobre el viejo cementerio.
Volaban bajo, pesadamente, chillándose las unas a las otras. Al señor Soulis le
pareció claro que algo las había apartado de su rutina cotidiana. No se asustaba
fácilmente; se acercó directamente a las ruinas y qué se encontró allí sino a un
hombre, o la apariencia de un hombre, sentado dentro del cementerio sobre una
sepultura. Era de una estatura enorme, negro como el infierno, y sus ojos eran
singulares. El señor Soulis había oído hablar de hombres negros muchas veces,
pero en éste había algo extraño que le intimidaba. Pese al calor que tenía, sintió una
sensación de frío hasta el tuétano de los huesos, pero a pesar de todo se lanzó y le
preguntó: «Amigo, ¿es usted forastero?» El hombre negro no contestó ni una
palabra; se puso de pie y empezó a caminar torpemente hacia la pared del otro
lado, pero siempre mirando al reverendo. Éste aguantó la mirada hasta que, de
pronto, el hombre negro saltó la tapia y corrió al abrigo de los árboles. El señor
Soulis, sin saber bien por qué, corrió detrás de él, pero se encontraba muy fatigado
después del paseo a causa del tiempo caluroso y poco saludable. Por mucho que
corrió, no consiguió más que un vistazo del hombre negro al cruzar el pequeño
bosque de abedules, hasta que llegó al pie de la colina; allí le vio otra vez saltando
rápidamente sobre las aguas del río Dule en dirección a la casa parroquial.
Al señor Soulis no le complacía mucho que este espantoso vagabundo se
tomara tanta libertad con la casa parroquial de Balweary. Corrió más deprisa y,
mojándose los zapatos, cruzó el arroyo y se acercó por el camino; pero no había ni
sombra del hombre negro por allí. Salió al camino, pero no encontró a nadie. Buscó
por todo el jardín, pero no apareció.
Al final, y con un poco de miedo, como era natural, levantó el pasador y entró
en la casa.
Allí se encontró con Janet M'Clour delante de sus ojos, con su cuello torcido y
no muy contenta de verle. En ese instante recordó que cuando la vio por primera
vez sintió la misma escalofriante sensación de terror.
—Janet —dijo—, ¿has visto a un hombre negro?
—¡Un hombre negro! —dijo ella— ¡Sálvanos a todos! Usted no se entera,
reverendo. No hay ningún hombre negro en todo Balweary.
Pero ella no hablaba claramente, debe entenderse, sino que balbuceaba como
un poni con el freno de la brida en la boca.
—Bueno —dijo él—. Janet, si no hay ningún hombre negro yo he hablado con
el inquisidor de la Hermandad.
Y se sentó como alguien que tiene fiebre, y los dientes le castañearon en la
boca.
—Caray —dijo ella—, debería darle vergüenza, reverendo —dándole un poco
de coñac que tenía siempre a mano.
Entonces el señor Soulis entró en su estudio, rodeado de todos sus libros. Era
una habitación larga, baja y oscura, mortíferamente fría en invierno y no
especialmente seca ni en la época más calurosa del verano, porque la casa está
situada cerca del arroyo. Se sentó y pensó en todo lo que le había ocurrido desde su
llegada a Balweary; y en su hogar, y en los días en que era un crío y correteaba
alegremente por las colinas; y aquel hombre negro corría por su cabeza como el
estribillo de una canción. Cuanto más pensaba más lo hacía en el hombre negro.
Intentó rezar, pero las palabras no le venían; dicen que intentó escribir en su libro,
pero tampoco lo consiguió. Había momentos en los que pensaba que el hombre
negro estaba a su lado y un sudor frío le cubría como el agua recién sacada del
pozo; en otros momentos, volvía en sí como un bebé recién bautizado y no pensaba
en nada.
Como resultado, se fue a la ventana y miró con enfado el agua del río Dule. En
la proximidad de la casa los árboles son muy espesos y el agua, profunda y negra;
allí estaba Janet, lavando la ropa con las enaguas remangadas; estaba de espaldas, y
el reverendo, por su parte, apenas sabía lo que miraba. De pronto ella se dio la
vuelta y le mostró el rostro. El señor Soulis sintió la misma sensación de terror que
había sentido dos veces aquel mismo día y se acordó de lo que decía la gente: que
Janet estaba muerta hacía tiempo y lo que veía era un fantasma de barro frío. Se
apartó un poco y la miró detenidamente. Ella pisaba la ropa canturreando para sí
misma; ¡caramba!, que Dios nos libre, la suya era una cara espantosa. A veces ella
cantaba más fuerte, pero no había hombre ni mujer que pudiera entender la letra de
su canción. A veces miraba hacia abajo con la cabeza torcida, pero donde ella
miraba no había nada. Una sensación escalofriante recorrió el cuerpo del
reverendo; fue un aviso del Cielo. El señor Soulis se culpó a sí mismo por pensar
tan mal de una pobre mujer, vieja y afligida, sin amigos salvo él.
Entonó una corta oración por ambos, bebió un poco de agua fresca —porque el
corazón le saltaba en el pecho— y, al atardecer, se fue a la cama.
Aquella fue una noche que jamás se olvidará en Balweary, la noche del
diecisiete de agosto de 1712. Antes había hecho calor, como he dicho, pero aquella
noche hizo más calor que nunca. El sol se puso entre nubes muy extrañas; oscureció
como un pozo; ni una estrella, ni una gota de aire. Uno no podía verse ni la mano
delante de la cara, e incluso los más ancianos se quitaron las sábanas y jadeaban
tratando de respirar. Con todo lo que tenía en la cabeza, era muy improbable que el
señor Soulis consiguiera dormir mucho.
Daba vueltas en la cama, limpia y fresca cuando se acostó pero que ahora le
quemaba hasta los huesos. A ratos dormía y a ratos se despertaba; unas veces oía al
reloj dar las horas durante la noche y otras, a un perro aullar en el páramo como si
hubiera muerto alguien; a veces le parecía oír fantasmas chismorreando en su oído
y otras veía lucecillas en la habitación. Pensó, creyó estar enfermo; y enfermo
estaba, pero... poco sospechaba de qué enfermedad.
Al final, se le despejó la cabeza, se sentó al borde de la cama en camisón y
volvió a pensar en el hombre negro y en Janet. No sabía bien cómo —quizá por el
frío que sentía en los pies—, pero se le ocurrió de repente que había una cierta
conexión entre ellos y que uno de los dos o ambos eran fantasmas. Justo en aquel
momento, en la habitación de Janet, que estaba al lado de la suya, se oyó un ruido
de pisadas como si hubiese algunos hombres luchando, y a continuación, un golpe
fuerte. Un remolino de viento se deslizó estrepitosamente por las cuatro esquinas
de la casa; después todo volvió a estar silencioso como una tumba.
El señor Soulis no temía ni al hombre ni al diablo. Cogió las yescas y encendió
una vela, avanzando tres pasos hacia la puerta de Janet. Estaba cerrada, la abrió de
un empujón e inspeccionó la habitación atrevidamente. Era una habitación amplia,
tan amplia como la del reverendo, amueblada con muebles grandes, viejos y
sólidos, porque no tenía otra cosa. Había una cama de cuatro postes con colgantes
viejos, un estupendo armario de roble lleno de libros de teología del reverendo que
se habían puesto allí por falta de espacio y unas cuantas prendas de Janet
esparcidas aquí y allá por el suelo. Pero el reverendo Soulis no vio a Janet, y
tampoco había señal alguna de forcejeo. Entró —pocos le habrían seguido—, miró a
su alrededor y escuchó. Pero no oyó nada, ni dentro de la casa ni en toda la
parroquia de Balweary; tampoco se veía nada salvo las grandes sombras que
giraban alrededor de la vela. De golpe, el corazón del reverendo latió rápidamente
y se quedó paralizado; un viento frío revoloteó por sus cabellos. ¡Qué visión más
deprimente para los ojos del pobre hombre! Vio a Janet colgada de un clavo al lado
del viejo armario de roble; la cabeza aún reposaba sobre el hombro, tenía los ojos
cerrados, la lengua le salía por la boca y los zapatos se encontraban a una altura de
dos pies sobre el suelo.
«¡Que Dios nos perdone a todos!», pensó el señor Soulis, « la pobre Janet está
muerta.»
Dio un paso hacia el cuerpo y entonces el corazón le saltó de nuevo en el
pecho. Qué hechizo haría pensar a un hombre que Janet podía estar colgada de un
solo clavo y por un solo hilo de estambre de los que sirven para remendar medias.
Era horrible estar solo por la noche con tales prodigios en la oscuridad, pero la
fe del reverendo Soulis en el Señor era profunda. Dio la vuelta y salió de aquella
habitación cerrando la puerta con llave tras él. Paso a paso, bajó las escaleras
pesadamente, como el plomo, y puso la vela sobre la mesa que había al pie de la
escalera. No podía rezar, no podía pensar, estaba empapado en un sudor frío y no
oía nada salvo el palpito de su propio corazón. Es posible que permaneciera allí
una hora o quizá dos, no se dio cuenta, cuando, de pronto, escuchó una risa, una
conmoción extraña arriba. Se oían pasos ir y venir por la habitación donde estaba el
cuerpo colgado; entonces la puerta se abrió, aunque él recordaba claramente que la
había cerrado con llave. Después sintió pisadas en el rellano y le pareció ver el
cuerpo asomado a la barandilla mirando hacia abajo, donde él se encontraba.
Cogió la vela de nuevo (porque no podía prescindir de la luz) y, tan
sigilosamente como pudo, salió directamente de la casa y fue hasta la otra punta del
sendero. Aún estaba completamente oscuro; la llama de la vela ardía tranquila y
transparente como en una habitación cuando la puso sobre la tierra; nada se movía
salvo el agua del río Dule, susurrando y murmurando valle abajo, y aquellos
atroces pasos que bajaban lentamente por las escaleras dentro de la casa. Él conocía
los pasos perfectamente: eran de Janet, y, con cada paso que se le acercaba poco a
poco, el frío aumentaba en sus entrañas.
Encomendó su alma al Creador: «Oh, Señor» —dijo—, «dame fuerza para
luchar esta noche contra el poder del mal.»
Para entonces los pasos avanzaban por el pasillo hacia la puerta. Podía oír la
mano que rozaba la pared con sumo cuidado, como si la «cosa» espantosa palpara
el camino. Los sauces se sacudían y gemían al unísono, y un largo susurro del
viento atravesó las colinas; la llama de la vela bailaba. Y apareció el cuerpo de Janet
«la torcida», con su vestido de lana y su capucha negra, con la cabeza colgando
sobre el hombro y una mueca todavía visible en el rostro —viva, se podría decir...
muerta, como bien sabía el reverendo Soulis—, en el umbral de la casa.
Es extraño que el alma del hombre dependa tanto de su perecedero cuerpo,
pero el reverendo se dio cuenta y su corazón aguantó.
Ella no permaneció allí mucho tiempo; empezó a moverse otra vez y se acercó
lentamente hacia el Sr. Soulis, que se encontraba de pie bajo los sauces. Toda la vida
corporal de él, toda la fuerza de su espíritu irradiaba en sus ojos. Pareció que ella
iba a hablar, pero le faltaron palabras e hizo una señal con la mano izquierda. Hubo
un golpe de viento como el siseo de un gato, la vela se apagó, los sauces chillaron
como si fueran personas y el señor Soulis supo que, vivo o muerto, aquello era el
final.
—¡Bruja, diablo! —gritó—, te ordeno en nombre de Dios que te vayas a la
tumba si estás muerta o al Infierno si estás condenada.
Y en aquel instante la mano de Dios, desde el Cielo, fulminó a la «cosa» allí
mismo. El cuerpo viejo, muerto y profanado de la mujer bruja, tanto tiempo
apartado de la tumba y manipulado por los demonios, ardió como un fuego de
azufre y se desmoronó en cenizas sobre el suelo; a continuación empezaron los
truenos, más fuertes cada vez, seguidos por el estruendo de la lluvia. El reverendo
Soulis saltó por encima del seto del jardín y corrió dando gritos hacia la aldea.
Aquella misma mañana, John Christie vio al Hombre Negro pasar el Gran
Mojón cuando daban las seis de la mañana; antes de las ocho pasó por la posada de
Knockdoiv; poco después, Sandy M'Llellan le vio cruzando los oteros de Kilmackerlie
rápidamente. No hay ninguna duda de que él fue quien ocupó el cuerpo de Janet
durante tanto tiempo; pero, por fin, se había marchado. Desde entonces, el diablo
jamás ha vuelto a molestarnos en Balweary.
Sin embargo, fue un penoso honor para el reverendo; permaneció delirando en
la cama durante mucho tiempo. Desde aquel día hasta hoy, no ha vuelto a ser el
mismo.


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sábado 26 de diciembre de 2009

PINTURA >> La isla de los muertos, de Arnold Böcklin

Autorretrato de Arnold Böcklin (1872, Staatliche Museen, Berlin)



Extraído de la Wikipedia:Arnold Böcklin (16 de octubre de 1827 - 16 de enero de 1901) fue un pintor suizo encuadrado en el movimiento artístico del Simbolismo.

Estudió en Düsseldorf, donde conoció a Ludwig Andreas Feuerbach. Aunque comenzó como un pintor de paisajes, sus viajes a lo largo de Bruselas, Zúrich, Génova y Roma le expusieron al arte renacentista y a la atmósfera del Mediterráneo, lo cual condujo a una inclusión de figuras mitológicas y alegóricas en su obra. En 1866 residió en Basilea, en 1871 en Múnich, en 1885 en Hottingen (Suiza) y al final de su vida en Fiesole, cerca de Florencia.

Influido por el romanticismo manteniendo muchos nexos con la obra de Caspar David Friedrich y así netamente simbolista, pero dentro del estilo del Art Nouveau, sus obras bosquejan figuras fantásticas, mitológicas, bajo construcciones provenientes de la arquitectura clásica (que revelan a menudo una obsesión con la muerte), creando un mundo extraño, de fantasía.

Böcklin ejerció su influencia sobre los pintores surrealistas como Max Ernst y Salvador Dalí, y sobre Giorgio de Chirico. Otto Weisert diseñó un tipo de letra Art Nouveau en 1904 y lo llamó “Arnold Böcklin” en su honor.




Hablemos de su obra más famosa, La isla de los muertos.
Es este un tema que obsesionó a nuestro Böcklin, que llegó a pintarlo hasta en cinco ocasiones. A saber (si picáis sobre las reproducciones las veréis más grandes):

1. (1880)-Óleo sobre tabla, 74x122cm, Museo Metropolitano de Arte, N.York


2. (1880)-Óleo sobre lienzo, 111x115cm, Kunstmuseum, Basilea


3. (1883)-Óleo sobre tabla, 80x150cm, Staatliche Museen, Berlín


4. (1884)-Óleo sobre cobre, 81x151 cm, destruido en Rotterdam durante la Segunda Guerra Mundial.

5. (1886)Óleo sobre tabla, 80x150 cm, Museum der bildenden Künste, Leipzig.



En todas las versiones se representa a un hombre que rema y a una figura blanca sobre una pequeña barca, navegando en mitad de un mar en calma. Se dirigen a una isla rocosa. En todas figuran el mismo grupo de cripeses y una serie de puertas que podríamos entender como entradas a nichos. Del objeto que acompaña al remero y a la figura blanca se dice que puede ser un ataúd. ¿El barquero podría ser Caronte?, ¿o es por el contrario la figura blanca? ¿La figura blanca prodía ser el alma del fallecido que va dentro del ataúd? Si es Caronte una de las dos figuras, ¿es la isla de los muertos el Hades?

Extraído de la Wikipedia: Böcklin nunca explicó el significado de su pintura, y de hecho el título de la obra no se debe a él sino al tratante de arte Fritz Gurlitt, quien la bautizó así en 1883.
La primera versión del cuadro, que actualmente se encuentra en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, fue creada en Florencia en 1880 a petición de Marie Berna, cuyo marido, el Dr. Georg Berna, había fallecido recientemente.
Otras versiones posteriores del cuadro se encuentran actualmente en Basilea, Berlín y Leipzig. La que existia en Rotterdam fue destruida durante la segunda guerra mundial.
La obra ha atraído la atención de muy diversas personalidades: Adolf Hitler, en particular, estaba obsesionado con el cuadro, una de cuyas versiones llegó a poseer. Freud, Lenin, o Clemenceau, entre otros, tenían una reproducción en su oficina.


Si en 1913 Max Reger compuso un conjunto de Cuatro poemas tonales según Böcklin de los cuales el tercer movimiento es La isla de los muertos (los otros son El ermitaño tocando el violín, El juego de las olas y Bacanal), es Sergey Rachmaninov el que compuso la versión más conocida.


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