jueves, 31 de diciembre de 2009

LITERATURA >> Janet cuello torcido, de R.L.Stevenson



Extraído de Wikipeda: Robert Louis Stevenson (Edimburgo, Escocia, 13 de noviembre de 1850 – Upolu, Samoa, 3 de diciembre de 1894).Es autor de algunas de las historias fantásticas y de aventuras más populares, como La isla del tesoro, El extraño caso del doctor Jekyll y míster Hyde o La flecha negra adaptadas para niños y llevadas varias veces al cine en el siglo XX. Fue importante también su obra ensayística, breve pero decisiva en lo que se refiere a la estructura de la moderna novela de peripecias. Fue muy apreciado en su tiempo y siguió siéndolo después de su muerte. Considerado el escritor en inglés mas clásico, tuvo continuidad en autores como Joseph Conrad, Graham Greene, G. K. Chesterton, H. G. Wells, y en los argentinos Bioy Casares y Jorge Luis Borges.

Traigo hasta esta Octava Noche una colaboración (forzosa) de este gran autor. Hablo de su cuento "Janet, cuello torcido" (en otras versiones, "Janet la torcida" o "Janet la contrahecha"). Es ésta una de sus historias cortas más famosas, escrita en Escocia un año después de su regreso de América y publicada en la Cornhill Magazine en octubre de 1881.

La encontraréis en estas dos ediciones:
"Las desventuras de John Nicholson", de R.L.Stevenson / Littera Books S.L
"Historias escocesas", de R.L.Stevenson / Valdemar Avatares

Ahora os dejo el relato completo. Espero que lo disfrutéis.


"Janet cuello torcido" de R.L.Stevenson

El reverendo Murdoch Soulis fue durante mucho tiempo pastor de la parroquia del páramo de Balweary, en el valle de Dule. Anciano severo y de rostro sombrío para sus feligreses, vivió durante los últimos años de su vida, sin familia, ni criado, ni compañía humana alguna, en la modesta y solitaria casa parroquial situada bajo el Hanging Shazv, un pequeño bosque de sauces. A pesar de lo férreo de sus facciones, sus ojos eran salvajes, asustadizos e inciertos. Y cuando en una amonestación privada se explayaba largamente sobre el futuro del impenitente parecía que su visión atravesara las tormentas del tiempo hasta los terrores de la eternidad. Muchos jóvenes que venían a prepararse para la ceremonia de la Primera Comunión quedaban terriblemente afectados por sus palabras. Tenía un sermón sobre los versículos 1 y 8 de Pedro, «El diablo como un león rugiente», para el domingo después de cada diecisiete de agosto, y solía superarse sobre aquel texto, tanto por la naturaleza espantosa del tema como por el terror que infundía su comportamiento en el pulpito. Los niños estaban aterrorizados hasta el punto de sufrir ataques de histeria, y la gente mayor parecía más misteriosa de lo normal y repetía durante todo el día aquellas insinuaciones de las que Hamlet se lamentaba.
La misma casa parroquial, ubicada cerca del río Dule entre árboles gruesos, con el Shazv colgando sobre ella en un lado y, en el otro, numerosos páramos fríos que se elevaban hacia el cielo, había comenzado —ya muy al inicio del ministerio del Sr. Soulis— a ser evitada en las horas del anochecer por todos aquellos que se valoraban a sí mismos por su prudencia; y los hombres respetables que se sentaban en la taberna de la aldea movían la cabeza a la vez ante la sola idea de acercarse de noche a aquel tenebroso vecindario. Había un lugar, para ser más concretos, que se evitaba con especial temor. La casa parroquial estaba situada entre la carretera y el río Dule, con un aguilón dando a cada lado; la parte de atrás de la casa daba a la aldea de Balweary, situada a casi media milla de distancia; delante de la casa, un jardín seco rodeado de un seto de espinos ocupaba el terreno entre el río y la carretera. La casa era de dos plantas con dos habitaciones grandes en cada una. La entrada no daba directamente al jardín, sino a un paseo que llevaba a la carretera por un lado y que por el otro quedaba cerrado por los altos sauces y saúcos que bordeaban el arroyo. Era este trecho de la calzada el que gozaba de tan nefasta reputación entre los parroquianos más jóvenes de Balweary. El reverendo paseaba por allí a menudo al anochecer, a veces gimiendo en voz alta por la fuerza de sus oraciones inarticuladas.
Cuando estaba fuera de casa y la puerta cerrada con llave, los escolares más atrevidos se lanzaban —con el corazón latiéndoles a pleno ritmo— a jugar a «seguir al jefe» y cruzar aquel punto legendario. Este ambiente de terror que rodeaba a un hombre de Dios de carácter y ortodoxia intachables era causa de común asombro y tema de curiosidad entre los pocos forasteros que se adentraban, por casualidad o por negocios, hasta aquel desconocido y alejado paraje. Pero mucha de la gente incluso de la parroquia ignoraba los acontecimientos que habían marcado el primer año de ministerio del Sr. Soulis. Incluso entre los que estaban mejor informados, unos no querían decir nada —por ser de naturaleza reservada— y otros temían hablar sobre aquel asunto en particular. De vez en cuando alguno de los mayores, envalentonado por su tercer trago, recordaba el origen de las extrañas miradas y la vida solitaria del reverendo.

Cincuenta años atrás, cuando el Sr. Soulis llegó por primera vez a Balweary, aún era un hombre joven —un mozo, decía la gente— lleno de sabiduría académica y muy grandilocuente, pero, como era natural en un hombre de su edad, tenía poca experiencia de la vida en lo referente a la religión. Los más jóvenes estaban muy impresionados por su talento y su facilidad de palabra; pero los hombres y las mujeres mayores, preocupados y serios se conmovieron hasta el punto de rezar por el joven, al que consideraban un iluso, y por la parroquia, que seguramente estaría mal atendida. Era antes de los días de los moderados... malditos sean; pero las cosas malas son como las buenas: ambas vienen poco a poco y en pequeñas cantidades.
Incluso entonces había gente que decía que el Señor había abandonado a los profesores de la universidad a sus propios recursos y que los jóvenes que fueron a estudiar con ellos habrían salido ganando sentados en una turbera, como sus antepasados durante la persecución, con una Biblia bajo el brazo y un espíritu de oración en el corazón. No cabía duda ninguna de que el Sr. Soulis había estado en la universidad demasiado tiempo. Era meticuloso y se preocupaba por muchas cosas, salvo por la más importante. Tenía una gran cantidad de libros — más de los que se habían visto jamás en todo aquel presbiterio—, y harto trabajo le costó al porteador, porque estuvieron a punto de ahogarse en el Pantano del Diablo, situado entre su destino y Kilmackerlie. Eran libros de teología, sin duda, o así los llamaban. Pero la gente seria era de la opinión de que no hacía falta tantos, sobretodo cuando toda la Palabra de Dios en su conjunto cabría en la punta de una manta escocesa. Además, el reverendo se pasaba la mitad del día y la mitad de la noche sentado, escribiendo nada menos, lo cual era poco decente. Al principio temían que leyera sus sermones; después resultó ser que estaba escribiendo un libro, lo que con toda seguridad no era conveniente para alguien tan joven y con escasa experiencia.
De todas formas, le convenía conseguir una mujer mayor y decente que cuidara de la casa parroquial y que se encargara de sus espartanas comidas. Le recomendaron a una vieja de mala reputación —Janet M'Clour, la llamaban— y le dejaron obrar por su cuenta hasta que se convenció por sí mismo. Muchos le aconsejaron lo contrario, porque la buena gente de Balweary tenía más que sospechas de Janet. Tiempo atrás había tenido un hijo con un soldado y se había apartado de la sociedad durante casi treinta años. Los niños la habían visto hablando sola en Key's Loan al atardecer, un lugar y una hora extraños para una mujer temerosa del Señor. Sin embargo, fue un terrateniente quien recomendó a Janet desde un principio y, en aquellos días, el reverendo habría hecho cualquier cosa para complacer al terrateniente. Cuando la gente le comentó que Janet estaba poseída por el demonio le pareció un rumor sin fundamento; cuando le citaron la Biblia y la bruja de Endor trató de convencerles enfáticamente de que aquellos días ya no existían y de que el demonio estaba misericordiosamente comedido.

Bien, cuando se supo en la aldea que Janet M'Clour iba a entrar a servir en la
casa del párroco la gente se enfadó mucho con ambos. Algunas de aquellas buenas
señoras no tenían nada mejor que hacer que reunirse a la puerta de su casa y
acusarla de todo lo que sabían de ella, desde el hijo del soldado hasta las dos vacas
de John Tamson. Ella no era una mujer muy elocuente; normalmente la gente le
dejaba hacer su vida y ella hacía lo mismo, sin intercambiar ni buenas tardes ni
buenos días, pero cuando se enfadaba tenía una lengua como para dejar sordo al
molinero; cuando empezaba no había un viejo chisme que, aquel día, no hiciera
saltar a alguien; no podían decir nada sin que ella les respondiera dos veces. Hasta
que, al final, las amas de casa la cogieron, le rasgaron la ropa y la arrastraron desde
la aldea hasta las aguas del río Dule, para comprobar si era bruja o no; total, o
nadaba o se ahogaba. La vieja gritó tanto que se la oyó en el Hangirí Shaw y luchó
como diez. Muchas señoras llevaban cardenales al día siguiente y durante muchos
días después; y justo en el momento más violento del altercado, ¡quién apareció
sino el nuevo reverendo!
—Mujeres —dijo él, que tenía una voz magnífica—, en nombre de Dios os
ordeno que la soltéis.
Janet corrió hacia él —estaba realmente aterrorizada—, se le abrazó y le rogó
en nombre de Dios que la salvara de las chismosas; ellas, por su parte, le dijeron
todo lo que sabían de ella y quizá más de lo que sabían.
—Mujer —le dijo a Janet—, ¿es eso verdad?
—Pongo a Dios por testigo —dijo ella— y como me hizo Dios que no es
verdad ni una palabra. Aparte del hijo —dijo ella—, he sido una mujer decente toda
mi vida.
—¿Renuncias —dijo el señor Soulis—, en nombre de Dios y ante mí, su
indigno pastor, renuncias al diablo y a sus obras?
Bueno, parece ser que cuando preguntó eso ella sonrió de una forma que
aterrorizó a quienes la vieron, y oyeron tamborilear los dientes en su boca. Pero no
había más que una salida, y Janet levantó la mano y renunció al diablo delante de todos.
—Y ahora —dijo el señor Soulis a las señoras—, id a vuestras casas y pedid
perdón a Dios.
Le dio el brazo a Janet, que llevaba encima poco más de una combinación, y la
acompañó por la aldea hasta la puerta de su casa como a una gran señora. Los
gritos y las risas de Janet eran escandalosos.
Aquella noche mucha gente seria alargó sus oraciones más de lo normal; pero
al amanecer se difundió tal miedo sobre todo Balweary que los niños se escondieron
e incluso los hombres permanecieron en casa y, como mucho, se asomaban a la
puerta.
Janet venía bajando por la aldea —ella o alguien que se le parecía, nadie
podría decirlo con certeza— con el cuello torcido y la cabeza colgándole a un lado,
como un cuerpo que ha sido ahorcado, y una sonrisa en el rostro como la de un
cadáver sin enterrar. Poco a poco, se fueron acostumbrando e incluso le
preguntaban burlonamente qué le pasaba; pero desde aquel día en adelante no
pudo hablar como una mujer cristiana, sino que balbuceaba y castañeaba los
dientes como si de unas podaderas se tratara. Desde aquel día el nombre de Dios
jamás volvió a pasar por sus labios. A veces intentaba pronunciarlo, pero no lo
conseguía. Los más listos no lo comentaban, pero jamás volvieron a llamar a esa
«cosa» por el nombre de Janet M'Clour, pues para ellos la vieja ya estaba en el
infierno desde ese día. No obstante, no había nada que detuviera al reverendo, que
no hacía otra cosa que sermonear acerca de la crueldad de la gente, que le había
provocado una apoplejía, y pegaba a los niños que la molestaban. Aquella misma
noche la invitó a su casa y permaneció allí a solas con ella bajo el Hanging Shaw.
Bien, el tiempo pasó. Los más indolentes empezaron a pensar menos en aquel
negro asunto. El reverendo estaba bien considerado; siempre hacía tarde
escribiendo. La gente veía su vela cerca del agua del río Dule después de las doce
de la noche. Parecía tan satisfecho de sí mismo y tan arrogante como al principio,
aunque cualquiera podía ver que estaba consumiéndose. En cuanto a Janet, ella iba
y venía; si antes hablaba poco, lo razonable era que ahora hablara menos. No
molestaba a nadie; tenía un aspecto horripilante y nadie discutía con ella sobre el
trozo de tierra que se regalaba, según la costumbre, al reverendo de Balweary,
además de su paga mensual.
A finales de julio hizo un tiempo tan malo como jamás se había visto por esas
tierras; había una calma calurosa, despiadada. El ganado no podía subir a Black Hill
a pastar; los niños estaban demasiado cansados para jugar. A la vez, estaba
tormentoso, con ráfagas de viento caliente que retumbaban en los valles y escasas
lluvias que apenas mojaban la tierra. Todos pensábamos que caería una tormenta
por la mañana; pero llegaba la mañana y la siguiente y continuaba el mismo tiempo
amenazante, duro para el hombre y las bestias. Por si eso fuera poco, nadie sufría
tanto como el señor Soulis. No podía ni dormir ni comer y se lo comentó a sus
superiores. Cuando no estaba escribiendo su interminable libro, vagabundeaba por
el campo como un hombre obsesionado; otro en su lugar estaría feliz de
permanecer fresco dentro de casa.
Encima del Hanging Shaw, en el refugio de Black Hill, hay una parcela de tierra
vallada con una puerta de hierro. Al parecer, en los viejos tiempos fue el cementerio
de Balweary, consagrado por los papistas
antes de que se hiciera la luz bendita
sobre el reino. Sea como fuere, era uno de los sitios preferidos del señor Soulis. Allí
se sentaba y meditaba sus sermones; realmente era un sitio protegido. Bien; un día,
cuando subía la colina de Black Hill por el lado oeste, vio primero dos, luego cuatro
y finalmente siete cornejas negras volando en círculos sobre el viejo cementerio.
Volaban bajo, pesadamente, chillándose las unas a las otras. Al señor Soulis le
pareció claro que algo las había apartado de su rutina cotidiana. No se asustaba
fácilmente; se acercó directamente a las ruinas y qué se encontró allí sino a un
hombre, o la apariencia de un hombre, sentado dentro del cementerio sobre una
sepultura. Era de una estatura enorme, negro como el infierno, y sus ojos eran
singulares. El señor Soulis había oído hablar de hombres negros muchas veces,
pero en éste había algo extraño que le intimidaba. Pese al calor que tenía, sintió una
sensación de frío hasta el tuétano de los huesos, pero a pesar de todo se lanzó y le
preguntó: «Amigo, ¿es usted forastero?» El hombre negro no contestó ni una
palabra; se puso de pie y empezó a caminar torpemente hacia la pared del otro
lado, pero siempre mirando al reverendo. Éste aguantó la mirada hasta que, de
pronto, el hombre negro saltó la tapia y corrió al abrigo de los árboles. El señor
Soulis, sin saber bien por qué, corrió detrás de él, pero se encontraba muy fatigado
después del paseo a causa del tiempo caluroso y poco saludable. Por mucho que
corrió, no consiguió más que un vistazo del hombre negro al cruzar el pequeño
bosque de abedules, hasta que llegó al pie de la colina; allí le vio otra vez saltando
rápidamente sobre las aguas del río Dule en dirección a la casa parroquial.
Al señor Soulis no le complacía mucho que este espantoso vagabundo se
tomara tanta libertad con la casa parroquial de Balweary. Corrió más deprisa y,
mojándose los zapatos, cruzó el arroyo y se acercó por el camino; pero no había ni
sombra del hombre negro por allí. Salió al camino, pero no encontró a nadie. Buscó
por todo el jardín, pero no apareció.
Al final, y con un poco de miedo, como era natural, levantó el pasador y entró
en la casa.
Allí se encontró con Janet M'Clour delante de sus ojos, con su cuello torcido y
no muy contenta de verle. En ese instante recordó que cuando la vio por primera
vez sintió la misma escalofriante sensación de terror.
—Janet —dijo—, ¿has visto a un hombre negro?
—¡Un hombre negro! —dijo ella— ¡Sálvanos a todos! Usted no se entera,
reverendo. No hay ningún hombre negro en todo Balweary.
Pero ella no hablaba claramente, debe entenderse, sino que balbuceaba como
un poni con el freno de la brida en la boca.
—Bueno —dijo él—. Janet, si no hay ningún hombre negro yo he hablado con
el inquisidor de la Hermandad.
Y se sentó como alguien que tiene fiebre, y los dientes le castañearon en la
boca.
—Caray —dijo ella—, debería darle vergüenza, reverendo —dándole un poco
de coñac que tenía siempre a mano.
Entonces el señor Soulis entró en su estudio, rodeado de todos sus libros. Era
una habitación larga, baja y oscura, mortíferamente fría en invierno y no
especialmente seca ni en la época más calurosa del verano, porque la casa está
situada cerca del arroyo. Se sentó y pensó en todo lo que le había ocurrido desde su
llegada a Balweary; y en su hogar, y en los días en que era un crío y correteaba
alegremente por las colinas; y aquel hombre negro corría por su cabeza como el
estribillo de una canción. Cuanto más pensaba más lo hacía en el hombre negro.
Intentó rezar, pero las palabras no le venían; dicen que intentó escribir en su libro,
pero tampoco lo consiguió. Había momentos en los que pensaba que el hombre
negro estaba a su lado y un sudor frío le cubría como el agua recién sacada del
pozo; en otros momentos, volvía en sí como un bebé recién bautizado y no pensaba
en nada.
Como resultado, se fue a la ventana y miró con enfado el agua del río Dule. En
la proximidad de la casa los árboles son muy espesos y el agua, profunda y negra;
allí estaba Janet, lavando la ropa con las enaguas remangadas; estaba de espaldas, y
el reverendo, por su parte, apenas sabía lo que miraba. De pronto ella se dio la
vuelta y le mostró el rostro. El señor Soulis sintió la misma sensación de terror que
había sentido dos veces aquel mismo día y se acordó de lo que decía la gente: que
Janet estaba muerta hacía tiempo y lo que veía era un fantasma de barro frío. Se
apartó un poco y la miró detenidamente. Ella pisaba la ropa canturreando para sí
misma; ¡caramba!, que Dios nos libre, la suya era una cara espantosa. A veces ella
cantaba más fuerte, pero no había hombre ni mujer que pudiera entender la letra de
su canción. A veces miraba hacia abajo con la cabeza torcida, pero donde ella
miraba no había nada. Una sensación escalofriante recorrió el cuerpo del
reverendo; fue un aviso del Cielo. El señor Soulis se culpó a sí mismo por pensar
tan mal de una pobre mujer, vieja y afligida, sin amigos salvo él.
Entonó una corta oración por ambos, bebió un poco de agua fresca —porque el
corazón le saltaba en el pecho— y, al atardecer, se fue a la cama.
Aquella fue una noche que jamás se olvidará en Balweary, la noche del
diecisiete de agosto de 1712. Antes había hecho calor, como he dicho, pero aquella
noche hizo más calor que nunca. El sol se puso entre nubes muy extrañas; oscureció
como un pozo; ni una estrella, ni una gota de aire. Uno no podía verse ni la mano
delante de la cara, e incluso los más ancianos se quitaron las sábanas y jadeaban
tratando de respirar. Con todo lo que tenía en la cabeza, era muy improbable que el
señor Soulis consiguiera dormir mucho.
Daba vueltas en la cama, limpia y fresca cuando se acostó pero que ahora le
quemaba hasta los huesos. A ratos dormía y a ratos se despertaba; unas veces oía al
reloj dar las horas durante la noche y otras, a un perro aullar en el páramo como si
hubiera muerto alguien; a veces le parecía oír fantasmas chismorreando en su oído
y otras veía lucecillas en la habitación. Pensó, creyó estar enfermo; y enfermo
estaba, pero... poco sospechaba de qué enfermedad.
Al final, se le despejó la cabeza, se sentó al borde de la cama en camisón y
volvió a pensar en el hombre negro y en Janet. No sabía bien cómo —quizá por el
frío que sentía en los pies—, pero se le ocurrió de repente que había una cierta
conexión entre ellos y que uno de los dos o ambos eran fantasmas. Justo en aquel
momento, en la habitación de Janet, que estaba al lado de la suya, se oyó un ruido
de pisadas como si hubiese algunos hombres luchando, y a continuación, un golpe
fuerte. Un remolino de viento se deslizó estrepitosamente por las cuatro esquinas
de la casa; después todo volvió a estar silencioso como una tumba.
El señor Soulis no temía ni al hombre ni al diablo. Cogió las yescas y encendió
una vela, avanzando tres pasos hacia la puerta de Janet. Estaba cerrada, la abrió de
un empujón e inspeccionó la habitación atrevidamente. Era una habitación amplia,
tan amplia como la del reverendo, amueblada con muebles grandes, viejos y
sólidos, porque no tenía otra cosa. Había una cama de cuatro postes con colgantes
viejos, un estupendo armario de roble lleno de libros de teología del reverendo que
se habían puesto allí por falta de espacio y unas cuantas prendas de Janet
esparcidas aquí y allá por el suelo. Pero el reverendo Soulis no vio a Janet, y
tampoco había señal alguna de forcejeo. Entró —pocos le habrían seguido—, miró a
su alrededor y escuchó. Pero no oyó nada, ni dentro de la casa ni en toda la
parroquia de Balweary; tampoco se veía nada salvo las grandes sombras que
giraban alrededor de la vela. De golpe, el corazón del reverendo latió rápidamente
y se quedó paralizado; un viento frío revoloteó por sus cabellos. ¡Qué visión más
deprimente para los ojos del pobre hombre! Vio a Janet colgada de un clavo al lado
del viejo armario de roble; la cabeza aún reposaba sobre el hombro, tenía los ojos
cerrados, la lengua le salía por la boca y los zapatos se encontraban a una altura de
dos pies sobre el suelo.
«¡Que Dios nos perdone a todos!», pensó el señor Soulis, « la pobre Janet está
muerta.»
Dio un paso hacia el cuerpo y entonces el corazón le saltó de nuevo en el
pecho. Qué hechizo haría pensar a un hombre que Janet podía estar colgada de un
solo clavo y por un solo hilo de estambre de los que sirven para remendar medias.
Era horrible estar solo por la noche con tales prodigios en la oscuridad, pero la
fe del reverendo Soulis en el Señor era profunda. Dio la vuelta y salió de aquella
habitación cerrando la puerta con llave tras él. Paso a paso, bajó las escaleras
pesadamente, como el plomo, y puso la vela sobre la mesa que había al pie de la
escalera. No podía rezar, no podía pensar, estaba empapado en un sudor frío y no
oía nada salvo el palpito de su propio corazón. Es posible que permaneciera allí
una hora o quizá dos, no se dio cuenta, cuando, de pronto, escuchó una risa, una
conmoción extraña arriba. Se oían pasos ir y venir por la habitación donde estaba el
cuerpo colgado; entonces la puerta se abrió, aunque él recordaba claramente que la
había cerrado con llave. Después sintió pisadas en el rellano y le pareció ver el
cuerpo asomado a la barandilla mirando hacia abajo, donde él se encontraba.
Cogió la vela de nuevo (porque no podía prescindir de la luz) y, tan
sigilosamente como pudo, salió directamente de la casa y fue hasta la otra punta del
sendero. Aún estaba completamente oscuro; la llama de la vela ardía tranquila y
transparente como en una habitación cuando la puso sobre la tierra; nada se movía
salvo el agua del río Dule, susurrando y murmurando valle abajo, y aquellos
atroces pasos que bajaban lentamente por las escaleras dentro de la casa. Él conocía
los pasos perfectamente: eran de Janet, y, con cada paso que se le acercaba poco a
poco, el frío aumentaba en sus entrañas.
Encomendó su alma al Creador: «Oh, Señor» —dijo—, «dame fuerza para
luchar esta noche contra el poder del mal.»
Para entonces los pasos avanzaban por el pasillo hacia la puerta. Podía oír la
mano que rozaba la pared con sumo cuidado, como si la «cosa» espantosa palpara
el camino. Los sauces se sacudían y gemían al unísono, y un largo susurro del
viento atravesó las colinas; la llama de la vela bailaba. Y apareció el cuerpo de Janet
«la torcida», con su vestido de lana y su capucha negra, con la cabeza colgando
sobre el hombro y una mueca todavía visible en el rostro —viva, se podría decir...
muerta, como bien sabía el reverendo Soulis—, en el umbral de la casa.
Es extraño que el alma del hombre dependa tanto de su perecedero cuerpo,
pero el reverendo se dio cuenta y su corazón aguantó.
Ella no permaneció allí mucho tiempo; empezó a moverse otra vez y se acercó
lentamente hacia el Sr. Soulis, que se encontraba de pie bajo los sauces. Toda la vida
corporal de él, toda la fuerza de su espíritu irradiaba en sus ojos. Pareció que ella
iba a hablar, pero le faltaron palabras e hizo una señal con la mano izquierda. Hubo
un golpe de viento como el siseo de un gato, la vela se apagó, los sauces chillaron
como si fueran personas y el señor Soulis supo que, vivo o muerto, aquello era el
final.
—¡Bruja, diablo! —gritó—, te ordeno en nombre de Dios que te vayas a la
tumba si estás muerta o al Infierno si estás condenada.
Y en aquel instante la mano de Dios, desde el Cielo, fulminó a la «cosa» allí
mismo. El cuerpo viejo, muerto y profanado de la mujer bruja, tanto tiempo
apartado de la tumba y manipulado por los demonios, ardió como un fuego de
azufre y se desmoronó en cenizas sobre el suelo; a continuación empezaron los
truenos, más fuertes cada vez, seguidos por el estruendo de la lluvia. El reverendo
Soulis saltó por encima del seto del jardín y corrió dando gritos hacia la aldea.
Aquella misma mañana, John Christie vio al Hombre Negro pasar el Gran
Mojón cuando daban las seis de la mañana; antes de las ocho pasó por la posada de
Knockdoiv; poco después, Sandy M'Llellan le vio cruzando los oteros de Kilmackerlie
rápidamente. No hay ninguna duda de que él fue quien ocupó el cuerpo de Janet
durante tanto tiempo; pero, por fin, se había marchado. Desde entonces, el diablo
jamás ha vuelto a molestarnos en Balweary.
Sin embargo, fue un penoso honor para el reverendo; permaneció delirando en
la cama durante mucho tiempo. Desde aquel día hasta hoy, no ha vuelto a ser el
mismo.


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sábado, 26 de diciembre de 2009

PINTURA >> La isla de los muertos, de Arnold Böcklin

Autorretrato de Arnold Böcklin (1872, Staatliche Museen, Berlin)



Extraído de la Wikipedia:Arnold Böcklin (16 de octubre de 1827 - 16 de enero de 1901) fue un pintor suizo encuadrado en el movimiento artístico del Simbolismo.

Estudió en Düsseldorf, donde conoció a Ludwig Andreas Feuerbach. Aunque comenzó como un pintor de paisajes, sus viajes a lo largo de Bruselas, Zúrich, Génova y Roma le expusieron al arte renacentista y a la atmósfera del Mediterráneo, lo cual condujo a una inclusión de figuras mitológicas y alegóricas en su obra. En 1866 residió en Basilea, en 1871 en Múnich, en 1885 en Hottingen (Suiza) y al final de su vida en Fiesole, cerca de Florencia.

Influido por el romanticismo manteniendo muchos nexos con la obra de Caspar David Friedrich y así netamente simbolista, pero dentro del estilo del Art Nouveau, sus obras bosquejan figuras fantásticas, mitológicas, bajo construcciones provenientes de la arquitectura clásica (que revelan a menudo una obsesión con la muerte), creando un mundo extraño, de fantasía.

Böcklin ejerció su influencia sobre los pintores surrealistas como Max Ernst y Salvador Dalí, y sobre Giorgio de Chirico. Otto Weisert diseñó un tipo de letra Art Nouveau en 1904 y lo llamó “Arnold Böcklin” en su honor.




Hablemos de su obra más famosa, La isla de los muertos.
Es este un tema que obsesionó a nuestro Böcklin, que llegó a pintarlo hasta en cinco ocasiones. A saber (si picáis sobre las reproducciones las veréis más grandes):

1. (1880)-Óleo sobre tabla, 74x122cm, Museo Metropolitano de Arte, N.York


2. (1880)-Óleo sobre lienzo, 111x115cm, Kunstmuseum, Basilea


3. (1883)-Óleo sobre tabla, 80x150cm, Staatliche Museen, Berlín


4. (1884)-Óleo sobre cobre, 81x151 cm, destruido en Rotterdam durante la Segunda Guerra Mundial.

5. (1886)Óleo sobre tabla, 80x150 cm, Museum der bildenden Künste, Leipzig.



En todas las versiones se representa a un hombre que rema y a una figura blanca sobre una pequeña barca, navegando en mitad de un mar en calma. Se dirigen a una isla rocosa. En todas figuran el mismo grupo de cripeses y una serie de puertas que podríamos entender como entradas a nichos. Del objeto que acompaña al remero y a la figura blanca se dice que puede ser un ataúd. ¿El barquero podría ser Caronte?, ¿o es por el contrario la figura blanca? ¿La figura blanca prodía ser el alma del fallecido que va dentro del ataúd? Si es Caronte una de las dos figuras, ¿es la isla de los muertos el Hades?

Extraído de la Wikipedia: Böcklin nunca explicó el significado de su pintura, y de hecho el título de la obra no se debe a él sino al tratante de arte Fritz Gurlitt, quien la bautizó así en 1883.
La primera versión del cuadro, que actualmente se encuentra en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, fue creada en Florencia en 1880 a petición de Marie Berna, cuyo marido, el Dr. Georg Berna, había fallecido recientemente.
Otras versiones posteriores del cuadro se encuentran actualmente en Basilea, Berlín y Leipzig. La que existia en Rotterdam fue destruida durante la segunda guerra mundial.
La obra ha atraído la atención de muy diversas personalidades: Adolf Hitler, en particular, estaba obsesionado con el cuadro, una de cuyas versiones llegó a poseer. Freud, Lenin, o Clemenceau, entre otros, tenían una reproducción en su oficina.


Si en 1913 Max Reger compuso un conjunto de Cuatro poemas tonales según Böcklin de los cuales el tercer movimiento es La isla de los muertos (los otros son El ermitaño tocando el violín, El juego de las olas y Bacanal), es Sergey Rachmaninov el que compuso la versión más conocida.


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jueves, 24 de diciembre de 2009

LITERATURA y CINE >> Los muertos, de J.Joye / J.Huston




Extraído de la Wikipedia: ""Dublineses es una colección de relatos cortos escrita por el escritor irlandés James Joyce y publicada en 1914. Es especialmente célebre (muy justamnete) el último de ellos, "Los muertos (The dead)".
Los quince relatos pretenden ser una franca y satírica descripción de las clases media y baja irlandesas, en el Dublín de los primeros años del siglo XX. Joyce, que después sería el pionero en el uso del monólogo interior como recurso narrativo, utiliza en esta obra un estilo superficialmente más realista, para ofrecer una seca y naturalista descripción de los personajes. Las historias se escribieron en un momento en el que el nacionalismo irlandés estaba en su apogeo, y dominaba en Irlanda la búsqueda ardiente de una identidad nacional. Atrapado en una encrucijada de la historia y de la cultura, el país se encontraba sacudido por varias ideas e influencias convergentes. Estos relatos ofrecen una visión, poco o nada agradable, de los conflictos que estas tensiones generaron en la vida de la gente llana de Dublín.""
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Del relato de "Los muertos" quiso John Huston, el director de "La jungla de asfalto", hacer una adaptación cinematográfica, que a la postre se convertiría en su testamento, todo un logro máxime cuando tuvo que dirigir desde una silla de ruedas y con una máscara de oxígeno. Su empeño nos ha dejado esta maravilla que si nos estamos atentos a los detalles se nos escurre de entre los dedos como arena de playa.



Título: Dublineses (Los muertos)
Título original: The Dead
Año: 1987
Duración: 81 min.
Director: John Huston
Guión: Tony Huston
Música: Alex North
Fotografía: Fred Murphy
Reparto: Anjelica Huston, Donald McCann, Helena Carroll, Cathleen Delany, Ingrid Craigie, Rachel Dowling, Dan O'Herlihy, Marie Kean, Donald Donnelly, Colm Meaney ...

Sinopsis (extraída de FilmAffinity): Dublín, comienzos de siglo. Es el día de Epifanía de 1904, y está a punto de comenzar una de las celebraciones más concurridas de Dublín, la fiesta de las Srtas. Morkan. Entre sus invitados se encuentra Gabriel Conroy, sobrino de las anfitrionas y esposo de una de las mujeres más bella del país, Gretta. Es una noche maravillosa, el champagne inunda la celebración y los asistentes disfrutan de una magnífica velada.

Resulta sombroso pensar que Joyce publicó "Dublineses" con algo más de treinta años, cuando la profundidad de "Los muertos" nos hablaría más de un escritor anciano. La obra hubo de esperar más de setenta años para que un director octogenario, que ya había demostrado su maestría, la llevase a la gran pantalla. Hablamos de John Huston. La historia y los críticos han venido en señalar su "The dead" como su propio Requiem, algo del estilo de Wolfgang Amadeus Mozart.
La película se demora en la relación entre los personajes, en sus conversaciones huecas de política, religión o música. Toda la fiesta transcurre en un ambiente cordial que sólo parece capaz de enturbiar la borrachera indisimulable de Freddy Malins.

La mayor de las diferencias entre el original literario y la versión cinematográfica estriba en el recitado del poema "Promesas rotas", cuyos versos brillan en los ojos de los asistentes a la fiesta. El poema es de una belleza intensa y el momento es especialmente brillante en el film sin que suceda nada, sólo unos planos largos y la voz del actor:

Es tarde. Anoche, el perro hablaba de tí.
El pájaro hablaba de tí en el profundo pantano.
Decía que tú eres el ave solitaria a través del bosque,
y que probablemente sigas sin pareja hasta que me encuentres.
Que me diste tu palabra y me mentiste,
y que estarías junto a mí cuando se reunieran los rebaños.

Te llamé con un silbido y trescientos gritos,
pero allí no había más que un corderillo balando.
Me prometiste algo difícil de conseguir:
un barco de oro bajo un mástil de plata, doce ciudades,
cada una de ellas con un mercado y un bello patio blanco al lado del mar.
Me prometiste algo que no es posible: que me regalarías unos guantes
de piel de pescado, que me regalarías unos zapatos de piel de pájaro
y un vestido de la mejor seda de Irlanda.

Mi madre me dijo que no hablara contigo, ni hoy, ni mañana, ni el domingo.
Pero eligió un mal momento para decírmelo:
fue como cerrar la puerta cuando ya habían robado la casa.

Tú me has dejado sin este.
Tú me has dejado sin oeste.
Me has dejado sin lo que había ante mí y sin lo que había detrás de mí.
Tú me has quitado la luna, tú me has quitado el sol también.
Y, (mi terror es inmenso): tú, incluso, me has arrebatado a Dios.


También me gustaría hablaros de otro momento especialmente subrayado por el genio de John Huston. Es la canción Ataviada para la boda de Bellini que canta la mayor de las tías de Gabriel, la tía Julia, con su voz ajada y temblorosa. El instante sirve al director para radiografiar la casa con unos planos detalle de las habitaciones vacías y de las fotografías en blanco y negro. Una manera brillante de anticipar el final.

Todo desemboca en la última escena, en la preciosa estampa de Anjelica Huston (Gretta) escuchando absorta la canción, La muchacha de Aughrim, en mitad de las escaleras. Es un instante que también está convenientemente marcado en el relato. Así describe la escena James Joyce, con certera maestría:

Se quedó inmóvil en el zaguán sombrío, tratando de captar la canción que cantaba aquélla voz y escudriñando a su mujer. Había misterio y gracia en su pose, como si fuera ella el símbolo de algo. Se preguntó de qué podía ser símbolo una mujer de pie en una escalera oyendo una melodía lejana. Si fuera pintor la pintaría en esa misma posición. El sombrero de fieltro azul destacaría el bronce de su pelo recortado en la sombra, y los fragmentos oscuros de su traje pondrían las partes claras del relieve. Lejana melodía llamaría él al cuadro si fuera pintor.”-

La posterior charla-monólogo de Gabriel en el carruaje, de regreso al hotel, hablando de Patrik Morkan y del caballo Johnny, la preciosa historia del equino que da vueltas alrededor de la estatua, difiere de la versión original, ya que en el relato de Joyce esta charla tiene lugar antes de salir de casa de las tías. Y hay otros personajes que asisten al relato de Gabriel, no sólo su mujer. Lo que sin duda, en la película es todo un acierto, al dejarlo a él sólo frente al silencio impenetrable de Gretta. Otra lección del mejor cine. Y pensar que hay gente que habla de esta película como una obra menor de John Huston.

Ya en la habitación Gretta, el personaje de Anjelica, explica qué ha sentido en mitad de las escaleras, escuchando la canción. Toda la escena tiene una fuerza increíble sin apenas existir movimiento, sólo la melancolía del monólogo final de Gabriel, estupendamente recitado por Donald McCann, mirando por la ventana, mientras en el exterior cae la nieve. Uno de los mejores finales de la historia del Cine.

Cae la nieve sobre todos los vivos y sobre los muertos.

Así que se sólo me queda recomendar la lectura del relato de James Joyce y luego ver la adaptación cinematográfica de John Huston. Y a buen seguro, que si te gusta el buen cine y la buena literatura, acabarás con un magnífico sabor de boca. El que avisa no es traidor. A mí me sobrecoge esta historia tan triste y melancólica.


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lunes, 21 de diciembre de 2009

LITERATURA >> Cita de uno de los grandes, Ray Bradbury



Esta cita está extraída del libro de Ray Bradbury, "Las maquinarias de la alegría", concretamente del relato "El día de Muertos". Ya sé que nos es muy navideña, pero ¿en qué fechas del año nos acordamos más de los que no están?. Ahora, claro, cuando recordamos otras navidades. Vaya por ellos este fragmento:

"La vida es querer cosas. Siempre has de querer cosas en la vida. Querrás frijoles, querrás agua, desearás mujeres, desearás dormir, sobre todo dormir.

Querrás un burro, querrás un nuevo tejado para tu casa, querrás bonitos zapatos de los que se ven en el escaparate de la zapatería, y otra vez querrás dormir.

Querrás la lluvia, querrás frutos tropicales, querrás buena carne; una vez más desearás dormir. Buscarás un caballo, buscarás niños, buscarás joyas en las grandes tiendas resplandecientes de la Avenida y, recuerdas, ¿verdad? al final tratarás de dormir.

Recuerda, querrás cosas. La vida es querer. Querrás cosas hasta que ya no las quieras, y entonces será el momento de querer dormir y nada más que dormir. Nos llega a todos el momento en que dormir es lo grande y lo hermoso."


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viernes, 18 de diciembre de 2009

TERROR >> Un clásico del terror para la Navidad



Título: Los tres impostores
Título Original: The Three Imposters or The Transmutations
Autor: Arthur Machen
Año: 1895
Páginas: 184 páginas
Editorial: Alianza Editorial, Biblioteca de Fantasía y Terror
Encuadernación: Tapa blanda

En la Contraportada del libro se lee: A caballo entre el relato de aventuras y el cuento de horror cósmico, la obra de Arthur Machen (1860-1947) constituye un precedente inmediato del género de terror cultivado por la escuela de los Mitos de Cthulhu. Autor de una docena de títulos (en los que, según H. P. Lovecraft, "los elementos de espanto soterrado llegan a adquirir una sustancia y una agudeza realista casi incomparables"), Machen dio un nuevo rumbo al relato fantástico, incorporando a la imaginación elementos procedentes del pasado romano y de los misterios celtas de su Gales natal. Los tres impostores - que imita en su estructura a la "Nuevas mil y una noches" de Robert L. Stevenson- es un ingenioso encadenamiento de episodios perfectamente trabados, llenos de sorprendentes hallazgos y narrados en un estilo depurado. Los hilos del relato van formando, en el marco de un Londres propicio a todos los azares, una complicada trama cuyo desenlace viene a cerrar el círculo abierto al comienzo de la narración. El volumen incluye algunos episodios tan famosos como "La novela del sello negro" o "La novela del polvo blanco", de presencia casi obligada en las antologías del cuento de terror.

Advertiros desde ya que el Prólogo, de apenas 5 páginas, parece querer ir a la contra del lector, dada la cantidad de nombres que aparecen y los pocos datos que el autor facilita para unirlos de una manera lógica. Es como si Machen te estuviese diciendo entre líneas: espera un poco que todo caerá en su sitio. No hay que deseperar.

Novela matrioska, es decir, estructurada en cuentos dentro de cuentos. El primero, La aventura del Tiberio de oro, es el que permite al lector descansar de la fatiga de ese Prólogo. Luego vendrán El encuentro en la calle, La novela del valle oscuro, Aventura del hermano desaparecido, La novela del sello negro, Incidente en una taberna, La imaginación decorativa, La novela de la doncella de hierro, El recluso de Bayswater, La novela del polvo blanco, Extraño suceso en Clerkenwell, La historia del joven de anteojos y la Aventura de la residencia abandonada.



La obra tiene ese regusto que buscan los consumidores de literatura gótica ... un Londres en el que suceden cosas extrañas, niebla, personajes ambiguos y oscuros intereses... Por haber hay hasta la mano de un esqueleto. A La novela del polvo blanco le encuentro cierto aire pre-lovecraft.

Como era de esperar, Machen cierra perfectamente la obra, dando respuesta a todo aquello que había quedado sin responder, uniendo los personajes principales. Algo así como un puzzle del que creías que faltaba alguna pieza. Pero están todas y al final el resultado es más que notable.
A mí me ha gustado mucho, más que El Terror, por su estructura, por su inteligencia.

Una obra a conocer por aquellos de vosotros que améis estas obras terroríficas. Muy notable. Os lo dijo el susurrador de la Octava Noche.

jueves, 10 de diciembre de 2009

CUENTO >> Un libro para esta Navidad

Inicié esta entrada hace unos días con un inocente juego adivinanza. Estas eran las pistas:

-La novela corta o relato largo es de un escritor neoyorquino ya fallecido.
-Es un cuento para niños y para mayores
-Su autor la escribió en 1948 y no tiene nada que ver con sus libros más conocidos.
-Es un autor muy conocido por el fuerte componente sexual de sus escritos y no es Bukowski.
-Escribió una famosa trilogía que en nada se parece a la de El señor de los Anillos.
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¿Autor, título?

Algo sobre el autor (tomado de la Wikipedia):



Henry Miller (Nueva York, 26 de diciembre de 1891 - Los Ángeles, California, 7 de junio de 1980), novelista estadounidense. Su obra se compone de novelas semiautobiográficas, en las que el tono crudo y sensual suscitó una serie de controversias en el seno de una América puritana que Miller quiso estigmatizar denunciando la hipocresía moral de la sociedad norteamericana. Influyó notablemente en la llamada Generación Beat.

En el otoño de 1931, Miller obtiene su primer empleo como corrector de estilo en el periódico Chicago Tribune, gracias a su amigo Alfred Perlès; ocasión que aprovecha para publicar varios artículos que firmará con el nombre de "Perlés", dado que sólo los miembros del equipo editorial podían editar sus escritos. Escribe, en ese año, Trópico de cáncer, en la Villa Seurat de Montparnasse, que será publicado gracias al apoyo de su amiga y amante, la también escritora Anaïs Nin, en 1934. Esta novela le supuso, en los EE.UU, un proceso por obscenidad, según las leyes vigentes en esa época dictadas contra la pornografía. Esta novela estuvo censurada, en su país, hasta la década de 1960, y sólo pudo ingresar clandestinamente con la portada de Jane Eyre, el clásico de Charlotte Brontë.

La crucifixión rosa es un tríptico de tres libros escritos por el autor estadounidense Henry Miller. Los tres títulos, Sexus, Plexus y Nexus, documentan el período de la vida de Miller desde su primer divorcio hasta poco antes de su partida a Francia.




Algo sobre el libro:



Título: La sonrisa al pie de la escala
Título Original: The smile at foot the ladder
Autor: Henry Miller
Año: 1948
Páginas: 109 páginas
Editorial: Bruguera Todolibro
Encuadernación: Tapa blanda

Al mismo tiempo que en Europa entra en vigor el Plan Marshall, o que mueren dos legendarios directores de cine David W. Griffith y Serguei Eisenstein y asesinan a Mohandas Gandhi, que se ruedan inmortales películas como Cayo Largo y El tesoro de Sierra (John Houston), La dama de Shanghai (Orson Welles), Hamlet (Laurence Olivier) y El ladrón de bicicletas (Vittorio De Sica) o se estrena mundialmente la más bella de las sinfonías del Siglo XX, la Sinfonía Turangalila (Olivier Messiaen), en ese año de 1948 escribe Henry Miller este cuento más para mayores que para niños por su hondura existencial.

La publicación que tengo entre manos, tanto por la portada como por las ilustraciones, juega al equívoco de hacerla parecer destinada a un lector infantil o juvenil. Pero nada más lejos de la realidad. Opino que la fuerte carga existencialista del payaso protagonista, Auguste, nada tiene que contar a gente que no sea madura y comprenda la angustia del payaso.
La historia empieza cuando Auguste, cansado de su propio éxito como payaso con su famoso número de la sonrisa al pie de la escala, decide terminar con esa vida y buscarla allá afuera, más allá del circo. Pero de inmediato se da cuenta que ha dejado de ser él y necesita volver al cobijo de la farándula. De regreso, un hecho concreto le permitirá jugar a ser él siendo otro payaso.

La prosa de Henry Miller se muestra segura, no hay nada que sobre ni, por supuesto, que falte. Conduce la historia con elegancia e imágenes y metáforas de mérito con destino al final.
Un relato muy hondo para su exigüa extensión, no llega a setenta páginas, porque a las 109 páginas del libro hay que restarle el Prólogo de Ana María Moix y el Epílogo del propio autor.

Dejemos que sea Henry Miller quien defina su propia obra: "Indudablemente es el cuento más extraño que haya escrito".

Muy recomendable. Una pequeña gozada. Un regalo inteligente y diferente para esta Navidad si es que sois capaces de encontrarlo porque creo que no hay muchas ediciones y las supongo descatalogadas. Os lo dijo la Octava Noche.
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martes, 8 de diciembre de 2009

CINE >> La pasión de Juana de Arco, de C.T.Dreyer



Título: La pasión de Juana de Arco
Título original: La Passion de Jeanne d'Arc
Año: 1928
Duración: 75 min.
Director: Carl Theodor Dreyer
Guión: Carl Theodor Dreyer & Joseph Delteil
Música: Richard Einhorn (Voices of Light)
Fotografía en blanco y negro: Rudolph Maté & Goestula Kottula
Reparto: Renée Falconetti, Eugene Silvain, Maurice Schutz, Michel Simon, ...

Sinopsis (extraída de FilmAffinity): Año 1431. La joven francesa Juana de Arco, que declara sentirse inspirada directamente por Dios, se enfrenta a su procesamiento y a una posible condena a muerte.

Las virtudes de esta obra, aparte del extraño uso de primeros planos y de movimientos de cámara insólitos para la época y que se antojan mucho más modernos, recaen en la poderosa, angustiosa, extasiada interpretación de Renée Jeanne Falconetti.



Pero ¿quién es Renee Jeanne Falconetti? También conocida como Maria Falconetti (21 de Julio, 1892, Pantin, Francia - † 12 de Diciembre, 1946, Buenos Aires, Argentina) fue una actriz francesa de cine y teatro. Apasionada y pequeña (medía 1.63 m) sobresalió como una de las actrices más talentosas de su generación. Hasta el día de hoy es recordada por su papel de Juana de Arco en la película La Pasión de Juana de Arco.

Duele ver la intensidad de su mirada, el vacío de esos ojos que están mucho más allá de la pantalla buscando en la lejanía quién sabe qué. Y qué decir de las lágrimas, colgando apenas de las pestañas o corriendo por el torrente de la mejilla. Después de que le rapen al espectador le asalta un sentimiento de impotencia por no poder frenar la tragedia y que te hace olvidar esa realidad que hay más allá del salón de tu propia casa. Sin duda su actuación es el corazón y el esqueleto de la película. Es digno de verse y de sobrecogerse porque la Falconetti es Juana de Arco cien por cien. Verdaderamente angustiosa. Sobresaliente.



Mención especial también para la banda sonora de esta restauración compuesta en 1994 por el compositor Richard Einhorn, que recibe el título de Voices of Light (y que en más de un momento me recordó a la música de Frank Martin). Los textos están tomados de antiguos escritos de mujeres que tuvieron experiencias místicas. Compuesta para pequeña orquesta, coros y solistas fue llevada al disco en 1995 por la Netherlands Radio Philharmonic Orchestra and Choir y dirigida por Steven Mercurio. Contó con la participación vocal del célebre grupo dedicado a la música medieval, Anonymous 4.
Su adecuación a la sucesión trágica de imágenes es realmente asombrosa y subraya las escenas con una fuerza imparable. Todo un acierto. La unión de imágenes y de música es de 10.

En este enlace, encontraréis algunas rarezas de la película:
http://sedmikrasky.blogspot.com/2006/04/la-pasin-de-juana-de-arco.html

Una extraña joya esta película que ningún seguidor del cine mudo debería perderse. Porque os sobrecogerá la actuación de Renee Falconetti. Os arrepentiréis si no me hacéis caso. Os lo advirtió la Octava Noche.


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sábado, 5 de diciembre de 2009

MÚSICA >> Tres Cds de piano para la Navidad

El título ya lo dice todo. Espero que alguno de vosotros podréis pensar en la posibilidad de regalar estos cds en la próxima Navidad. Lamentablemente serán discos descatalogados, pero supongo que internet es una buena manera de conseguirlos si en vuestras ciudades no estuviesen disponibles. Es más, he visto disponibles los tres Cds en una célebre página de venta por internet.



Elegiac Cycle, por Brad Mehldau
Género: Jazz
Fecha de edición: 1999
Discográfica: Warner ESP

Tracks:
1. Bard
2. Resignation
3. Memory's Tricks
4. Elegy For William Burroughs And Allen Ginsberg
5. Lament For Linus
6. Trailer Park Ghost
7. Goodbye Storyteller (For Fred Myrow)
8. Ruckblick
9. Bard Returns

Brad Mehldau nació en Florida en 1970, se crió en West Hartford, Connecticut y se graduó del instituto público Hall en 1988. Empezó a tocar el piano a la temprana edad de seis años y descubrió el jazz a los doce años, cuando un amigo le puso una grabación en directo de John Coltrane.
Es un exquisito artista al piano, con una excelente técnica, a mitad de entre el jazz y la música clásica. Todo el disco de Elegiac Cycle es una gozada de principio a fin.
A mí me obsesiona el track n' 7, Goodbye Storyteller, os lo recomiendo para un momento de relax o uno íntimo, que para todo se presta este fabuloso Cd.
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December, por George Winston
Género: New Age
Fecha de edición: 1982
Discográfica: Windham Hill Records

Tracks:
1. Thanksgiving
2. Jesus, Jesus, Rest Your Head
3. Joy
4. Prelude
5. Carol of the Bells
6. Night, Pt. 1: Snow
7. Night, Pt. 2: Midnight
8. Night, Pt. 3: Minstrels
9. Variations on the Kanon by Pachelbel
10. Holly and the Ivy
11. Some Children See Him
12. Peace

George Winston, nacido en 1949, Míchigan, creció en Miles City, Montana, Estados Unidos. Muchas de sus obras evocan la esencia de las estaciones y reflejan paisajes naturales. George Winston realizó su primera grabación con John Fahey.
Este cd, December, lo compré estando en Barcelona, un uno de enero muy muy frío, en el Mercat de Sant Antoni.
Destacar las piezas Thanksgiving, Joy (que versiona un célebre tema de J.S.Bach), Carol of the Bells y Variations on the Kanon by Pachelbel (una maravilla). La verdad es que éste es el disco por excelencia de la Navidad. En mi casa lleva años sonando el día de Nochebuena.
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Piezas de piano de Brahms
, por Ivo Pogorelich
Género: Clásica
Fecha de edición: 1992
Discográfica: Deutsche Gramophone

Tracks:
1. Capriccio in f#, Op.76, No.1: Un poco agitato
2. Intermezzo in A, Op.118, No.2: Andante teneramente
3. Rhapsodien, Op.79 in b: Agitato
4. Rhapsodien, Op.79 in g: Molto passionato, ma non troppo allegro
5. Intermezzi, Op. 117: No.1 in E flat: Andante moderato
6. Intermezzi, Op. 117: No.2 in b flat: Andante non troppo e con molta espressione
7. Intermezzi, Op. 117: No.3 in c#: Andante con moto

Ivo Pogorelich nació el 20 de octubre de 1958 en Belgrado, Serbia. Empezó a estudiar piano a los siete años. A los doce, él y su familia se trasladaron a Moscú después de haber pasado su infancia en Yugoslavia. Allí estudió en la Escuela Central de Música (1969-1974) con Evgeny Timakin. Más tarde se graduó en el Conservatorio Tchaikovski de Moscú.
La técnica de Ivo es sencillamente prodigiosa y la musicalidad con la que desgrana nota a nota estas piezas es de otro mundo. A los que os guste la música clásica y Brahms, éste es vuestro cd. Cuando me lo regaló un familiar muy cercano, me quedé boquiabierto con la lentitud extrema de Ivo al tocar el Intermezzi Op. 117 No.2. Yo no he escuchado a nadie tocarlo de esta manera.


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